La lana es una materia filamentosa o pelo que crece en la piel de ciertos animales, principalmente de la oveja o el carnero, considerada uno de los productos más importantes de la industria textil, de fácil obtención y manufactura con respecto a otro tipo de fibras, aunque más perecedera por sus características físicas.

Detalle relieve del período Aqueménida (550-331 a.C.), donde vemos representada a la delegación Asiria en Persépolis, la cual llevaba ovejas.

Su domesticación  en Oriente hacia el IX mileno contribuyó a la creación de rebaños de oveja doméstica que se introdujeron en Europa, creándose con la sedentarización agrupaciones de animales que comenzaron a diferenciarse por sus rasgos morfológicos, germen de las futuras razas. Probablemente el deseo de inicial de domesticación del animal no fuese con finalidad textil, si no que constituiría un fenómeno posterior, pero esta domesticación y siguiente aprovechamiento del recurso lanar influiría en el vellón con una pérdida del color, pues la oveja primitiva tendería hacia el marrón con patas y barriga blancas, y una pérdida de la muda natural por el continuo atrisquilado. Otra variación que se apreciará en el vellón es la disminución de pelo frente a la fibra de lana, aunque tal afirmación parece más verosímil relacionarla con la mutación en base a cambios climáticos o transformaciones naturales que por la acción del ser humano.

Partiendo de la base de una economía pastoril los restos óseos encontrados en los yacimientos nos muestran la presencia de ejemplares adultos que con seguridad fueron empleados para la explotación lanera, reproductora y de leche, frente a los ejemplares jóvenes que se destinarían para el consumo cárnico. Otro dato óseo peculiar peculiar es  el que nos habla de la presencia de carneros castrados, pues se evalúa como síntoma del aprovechamiento de lana, ya que los animales a los que se les ha aplicado esta práctica desarrollan más su vellón.

Centrándonos ya en la fibra hay que destacar los distintos tipos de lana y su denominación como ponen de manifiesto las fuentes clásicas, pues hasta el momento nocse había dejado constancia escrita de ello, diferenciando dos grupos: la producida por las oves pellitae, ovejas cuidadas con más esmero a las que se les colocaba una funda de piel para proteger la lana  del deterioro, manchas, enganches, etc.; y las oves pascales o pascuales, lana de las ovejas que pastaban libremente constituyendo el grupo más numeroso. Plinio destaca también esta diferencia y las llama respectivamente genus tectum y genus colónicum, al igual que habla de un tipo de oveja criado en Córcega y en España non abilísimus musmonum, cuyo pelo se parecía más al de la cabra que al del cordero. También recibió nombres según las tonalidades y una relación entre su estimación y propiedades cromáticas, destacando en primer lugar la blanca, aquella cuidada con esmero y de aspecto sedoso y brillante, ερια λαμπρα’ para los griegos y lana alba para los romanos, producida en Tarento, Mileto o Megara. Después encontraríamos las tonalidades marrones-negras y la gris amarronada, esta última conocida como impluviata (color del agua turvia) que más tarde adquiriría el nombre de mutinensis, pues su tonalidad era típica de las lanas de Mutina (Módena). Por último también se distinguía un tipo de lana gris negruzca conocida en sus inicios como pulla y posteriormente como nativa, Spana o leuucopathea.

La raza ovina manchega tiene su origen en el Ovis aries celtibericus.

En lo que a la Península Ibérica se refiere Plinio nos habla de un predominio general de la lana negra y marrón frente a la blanca, aunque destaca también un tipo de lana de naturaleza rojiza de gran interés en la Bética, denominada baeticatus, y  otra de un tono un dorado que según marcial “pueden compararse con los rubios cabellos de una joven o al brillo del oro”.  Sin embargo la menos llamativa lana parda o negra  tubo también su protagonismo, pues Estrabón relata que los montañeses “ visten por lo general capas negras con las que se cubren al dormir”, y sabemos también quq en la zona de la meseta se confeccionaban unos característicos mantos o “sagos”  para luchar contra el frío, y que en ocasiones fueron utilizados para hacer frente a los tributos romanos, como les ocurrió a numantinos y termesinos los cuales se vieron obligados a cederle a Pompeyo nueve mil de estos mantos de lana.

En cuanto al método de obtención primigenio según las fuentes escritas fue el arrancado, la misma palabra latinna “vellón”, vellere , significa arrancar, y a falta de utensilios como las tijeras se aprovecharían de esta manera los mechones de la lana invernal que la propia oveja expulsa al llegar la primavera. Con la aparición de las tijeras se agilizaría el proceso y permitiría la obtención de más cantidad de fibra, que posteriormente se lavaría para extraerle las impurezas y la grasa o lanolina, substancia hidratante que se emplearía en farmacia y cosmética. En este lavado se aplicaría agua caliente  y la herba lanaria, de acción desengrasante. Por último tras su secado se batía con una vara para terminar de sacar las impurezas, se escarpeaba, cardaba y finalmente hilaba, procesos que analizaremos más adelante junto además del trabajo de tintorería.

Miriam Fernández Otero.

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